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Sueños helados

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En una ocasión el actor norteamericano Will Rogers dijo, “las cosas no son como solían ser, y probablemente nunca lo fueron.” Me acordaba de esta frase mientras hacía fila en una heladería de la calle Cranston - una de las pocas que quedan en Providence. Delante de mí una pareja guatemalteca observaba mientras sus hijos saltaban de alegría esperando la entrega de sus helados.

Detrás de ellos una familia de Liberia estudiaba detenidamente los afiches del negocio y discutían entre sí las virtudes del banana split con o sin nueces. Detrás de mí, una joven pareja de camboyanos con un bebe de brazos esperaba su turno pacientemente bajo el sol opresivo. ¿Tendría razón Will Rogers?

Por más de sesenta veranos Dairy King ha refrescado almas y generado sonrisas en ese mismo punto de la calle Cranston. Este pequeño bunker, con sus ventanas amarillentas forradas con afiches desteñidos, ha sido testigo de grandes cambios sociales. A principios del siglo pasado el vecindario era habitado por obreros irlandeses.

Después de la segunda guerra mundial muchas de estas familias vieron mejorar su situación económica y comenzaron a mudarse a los suburbios, un fenómeno generalizado en las grandes urbes del país conocido como “white flight”.

Para la década de los sesenta, este vecindario contaba con una gran población afroamericana y un alto grado de pobreza. En la década de los setenta llegaron los inmigrantes hispanos y la zona comenzó a resurgir. Luego llegaron los inmigrantes asiáticos y después los africanos. Hoy en día es un vecindario de gran diversidad y mucha actividad comercial que aún no logra escapar su legado de precariedad socioeconómica.

De niño asistía junto a mi familia a una iglesia en este vecindario. En aquel entonces, hace cuatro décadas, mi padre tenía la costumbre de detenerse en esta misma heladería cada domingo después del servicio religioso para disfrutar en familia de unos helados antes de regresar a casa. La calle Cranston de entonces era diferente a la de hoy.

La desolación era palpable, la cantidad de casas y edificios quemados y abandonados era notoria, y había poca actividad comercial en la zona. En medio de semejante panorama casi apocalíptico existía, desafiante, la heladería. Era un oasis de alegría rodeado de concreto, asfalto y mucha necesidad humana.

Cada verano Dairy King ha abierto sus puertas sin falta. Sus dueños, una pareja de amables inmigrantes griegos, llevan 39 años al frente del negocio. Como si se tratara de una agencia social en vez de un negocio, brindan un momento de deleite y escape asequible a sus clientes en medio de una realidad a menudo más sofocante que el calor de verano.

Es en ese contexto que algo tan frívolo como la venta de helados se puede convertir en un monumental aporte a la humanidad y la convivencia comunal. Volviendo al presente, observaba a los niños a mi alrededor y pensaba en el potencial ilimitado de cada uno. Un potencial capaz de superar cualquier adversidad.

Esa chispa en sus ojos y esa felicidad espontanea al recibir sus helados, como quien se acaba de ganar la lotería, es algo maravilloso. Quisiera imaginarme que de niño era igualmente feliz ante la expectativa de semejante premio. El debate actual sobre los factores que influyen en el desarrollo exitoso de nuestra juventud es profundo e interminable.

Las teorías y los conceptos al respecto son tan diversos como los sabores que ofrece Dairy King. Es tan importante la tarea y son tantas las opiniones encontradas que muchas veces uno no sabe ni qué pensar. La sociedad evoluciona y, realmente, las cosas nunca son como solían ser. Aun así, hay cosas que perduran y dejan huellas profundas. Esa es la realidad de una simple heladería en la calle Cranston de Providence.