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Por qué surge la envidia

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La envidia puede tener muchos orígenes, pero lo más destacado de este sentimiento negativo hacia los demás es la misma persona y su forma de visualizar las cosas que suceden -o dejan de suceder- en su vida. 

A este sentimiento se le define como “aquel estado mental en el cual existe el dolor o desdicha de no poseer uno mismo lo que tiene el otro, sea en bienes, cualidades superiores u otra clase de cosas tangibles o intangibles.” La Real Academia de la Lengua ha definido este comportamiento como “tristeza o pesar del bien ajeno” o como “deseo de algo que no se posee”.

La envidia no tiene fronteras, nivel económico, belleza o valores.  En casi todos los casos, surge debido a que se padecen frustraciones personales, baja autoestima o a la dificultad de poder conseguir objetivos individuales.  Para un envidioso, lo que hace, lo que recibe o lo que posee el otro siempre es mejor que lo que él o ella ha logrado conseguir, y esto le causa una profunda angustia y desesperación, que se manifiesta en su afán por querer quitarle importancia o valor a lo que tienen los demás. La inseguridad es otro de los factores que hace que se genere este estado de resentimiento. 

La ambición por lo ajeno puede padecerla, también, alguien que ha alcanzado importantes metas o goza de éxito, pero que pasa por alto ese estado, porque vive desconectado de su propia realidad.  Lo más triste es cuando este tipo de persona durante toda su trayectoria deja de celebrarse a sí mismo.  Nunca llega a entender su propio triunfo. El codiciar aquello que los demás poseen es una clara muestra de pobreza de espíritu. La misma Biblia lo describe en Eclesiastés 4:4, cuando dice: “He visto, asimismo, que todo trabajo y toda excelencia de obras despierta la envidia del hombre contra su prójimo. También esto es vanidad y aflicción de espíritu”.

Puede estar dentro de nuestro grupo familiar o de amigos, lo vemos a diario en personas que nos rodean, individuos que no son capaces de disfrutar de los buenos momentos en la vida de otros.  Peor todavía es cuando sentimos envidia de personas a las que ni siquiera conocemos.

La envidia genera emociones oscuras y comportamientos irracionales en el ser humano.  Es el punto de partida de ese sentimiento del cual he tratado de mantenerme alejada toda mi vida: el odio.  La envidia convertida en odio nos lleva a hacerles daño injustamente a personas inocentes, conduciéndonos a ver en otros seres humanos cosas que, en verdad, nos describen a nosotros mismos, y que ponen al descubierto lo que llevamos oculto en nuestras almas.  

Durante nuestro estado de envidia podemos llegar a hacer un mal irreparable otras personas, en casos extremos, hasta quitarles la vida,  aunque el perjuicio más grande nos lo causamos a nosotros mismos, por la falta de enfoque en nuestras metas particulares, y por privarnos de disfrutar nuestros propios logros, sean de tipo personal o profesional.   

En todo mi tiempo en desarrollo de liderazgo, he visto que el líder más exitoso es el que logra dejar el legado de crear otros líderes.  Personas  que están libres de envidia saben apreciar el éxito de otros seres humanos, les dan la bienvenida con celebración y  promoción, tienen la capacidad de analizar los logros de otros para poder enseñar cómo hacer las cosas con excelencia.  

¡Lo más terrible de la envidia es que no se puede esconder!  Si usted posee este sentimiento, se refleja hasta en el movimiento de su cuerpo, en su mirada, en las palabras que escoge para hablar,  en el tono de su voz y casi en todas las decisiones en su vida. 

La envidia es un sentimiento tan perverso, que está considerada, incluso, como uno de los llamados Siete Pecados Capitales, conjuntamente con la ira, la avaricia, la lujuria, la pereza, la soberbia y la gula. Los seres humanos que estamos libres de padecer de este mal, debemos agradecer a Dios por no permitir que este trastorno anide en nuestras almas. 

En caso de que seas víctima de un envidioso, no te preocupes. Los justos sabrán siempre reconocer las maquinaciones de un envidioso, y no creerán en las mentiras y calumnias de estos desventurados.